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Pastéis de Belém: historia, secretos y la forma correcta de comerlos

La receta que llevan custodiando desde 1837, por qué no es lo mismo que un pastel de nata cualquiera, y cómo evitar la cola sin renunciar a la experiencia.

Cuatro pastéis de Belém en un plato, junto a la caja azul de la pastelería

Hay una imagen que se repite cada mañana frente al número 84-92 de la Rua de Belém: decenas de personas formando una cola que serpentea por la acera, consultando relojes, estirando cuellos para calcular cuánto falta. Desde 1837, la Fábrica dos Pastéis de Belém lleva provocando esta escena con un producto aparentemente simple: un hojaldre crujiente relleno de crema de huevo.

Cómo llegar

Tranvía 15E desde Cais do Sodré o tren a Belém. La pastelería está a 5 min de la estación.

Mejor hora para ir

Antes de las 9:30 o a partir de las 17:00 para evitar colas largas.

Pero llamarlo 'simple' sería injusto. La receta original, creada por los monjes del Monasterio de los Jerónimos antes de la extinción de las órdenes religiosas, se sigue guardando en secreto. Según la propia casa, solo la conocen los maestros pasteleros que trabajan en la «oficina do segredo», la sala cerrada donde se prepara. Lo de que solo la saben tres personas que nunca viajan juntas es una leyenda que se repite mucho, pero la casa no lo confirma.

Pastel de Belém versus pastel de nata: no son lo mismo

Esta distinción genera confusión entre los visitantes, pero los portugueses la tienen clarísima. Pastel de nata es el nombre genérico del dulce: base de hojaldre, crema de huevo, toque caramelizado arriba. Puedes encontrarlo en cualquier pastelería del país, con calidades que van de lo sublime a lo industrial.

Pastel de Belém, en cambio, es una marca registrada (Pastéis de Belém®), no una denominación de origen. Solo se vende con ese nombre el que sale de esta fábrica concreta, elaborado con la receta original del monasterio. La diferencia se nota al morder: el hojaldre es más delicado, con capas finísimas que crujen sin deshacerse; la crema tiene una textura más densa y un sabor que recuerda vagamente a canela aunque no la lleve dentro; el caramelizado superior forma burbujas doradas que contrastan con la suavidad del relleno.

¿Merece la pena la cola por esa diferencia? Depende de lo que busques. Un buen pastel de nata de Manteigaria puede gustarte igual, pero comerlo en el salón centenario de Belém, rodeado de azulejos del siglo XIX y con casi dos siglos de oficio detrás (la casa abrió en 1837), no se repite en otro sitio. Yo no me voy de Belém sin comerme unos pastéis de nata.

Yo me los como en cualquier sitio: para mí es el dulce más rico que hay.

Cómo funciona la cola (y cómo esquivarla)

El local tiene dos colas separadas que la mayoría de visitantes no distingue. La cola exterior, la que serpentea por la calle, es para comprar pasteles para llevar. Aquí puedes pedir una caja de seis, doce o más unidades, pagar, y marcharte. Suele moverse relativamente rápido porque las transacciones son breves.

La otra cola, menos visible, da acceso al salón interior. Aquí te sientas, te traen los pasteles calientes en un plato con los dispensadores de canela y azúcar, y puedes acompañarlos de café, zumo o incluso un vino de Madeira si te sientes decadente a media mañana. Esta cola paradójicamente suele ser más corta, porque muchos visitantes no saben que existe.

Si vas a comerlos allí, no hagas la cola de la calle, que es la de llevar: entra directo a las salas. Una vez sentado tardan algo más en servirte, pero el precio es el mismo (1,60 € el pastel).

Los horarios que los lisboetas conocen

Abre todos los días de 08:00 a 21:00; del 1 de julio al 30 de septiembre cierra a las 22:00, y el 24, 25 y 31 de diciembre y el 1 de enero cierra a las 19:00. Pero no todas las horas son iguales. El pico máximo de afluencia ocurre entre las once de la mañana y las cuatro de la tarde, cuando coinciden los grupos organizados que visitan el monasterio, las familias que vienen de excursión, y los cruceristas que desembarcan en masa.

Las ventanas de tranquilidad son predecibles: primera hora de la mañana (entre ocho y nueve y media) y última hora de la tarde (a partir de las siete). Entre semana siempre hay menos gente que los fines de semana. Y los días de lluvia, curiosamente, son los mejores: muchos visitantes cancelan planes de exterior, y el local queda sorprendentemente vacío para lo habitual.

El ritual de comerlos correctamente

Hay una forma correcta y muchas formas incorrectas de disfrutar un pastel de Belém. La correcta empieza por pedirlo caliente: si te lo traen tibio, devuélvelo educadamente y pide uno recién horneado. La diferencia entre un pastel caliente y uno que lleva diez minutos en la vitrina es abismal.

Sobre la mesa encontrarás dos dispensadores: uno de canela en polvo y otro de azúcar glas. La tradición dicta espolvorear ambos generosamente sobre el pastel. Algunos puristas argumentan que la canela interfiere con el sabor original de la crema, pero la combinación de dulce, especiado y cremoso es precisamente lo que ha convertido este dulce en leyenda.

El primer bocado es crucial: tiene que incluir hojaldre, crema y la capa caramelizada superior. Cerrar los ojos ayuda a concentrarse en las texturas. Si al terminar no te has manchado los dedos de crema y azúcar, probablemente lo hayas comido con demasiada cautela.

Los salones interiores: viaje en el tiempo

Más allá del mostrador de venta, el local se extiende en una serie de salones que parecen congelados en el tiempo. Los azulejos azules y blancos que cubren las paredes datan del siglo XIX. Las mesas de mármol han sostenido millones de platitos con pasteles. La luz natural que entra por los patios interiores crea una atmósfera de café literario antiguo.

Hay varios salones con ambientes diferentes: el primero es el más concurrido, el del fondo el más tranquilo, y hay uno con vistas a la fábrica donde puedes observar a los pasteleros trabajando a través de un cristal. Este último suele tener una cola específica pero merece la espera si te interesa ver el proceso artesanal.

¿Cuántos pedir? La eterna pregunta

Para empezar, con dos suele bastar. Son pequeños, caben en la palma de la mano, pero la crema de huevo llena más de lo que parece.

Si compras para llevar, ten en cuenta que aguantan bien unas horas pero pierden mucho al día siguiente. El hojaldre se humedece con el tiempo y la magia del crujiente desaparece. Lo ideal es comprarlos justo antes de consumirlos, aunque eso implique hacer cola dos veces si quieres repetir por la tarde.

Algunos visitantes compran cajas para llevar a casa de regalo. Funcionan si el viaje es corto, pero atravesar un aeropuerto y un vuelo en bodega no les sienta bien. Si quieres regalar la experiencia, mejor compra la lata decorativa que venden en la tienda: no incluye pasteles reales, pero al menos no llegarán aplastados.

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Fuentes consultadas (2)